Héroe del silencio

Se sabe que el pueblo futbolero argentino necesita de culpables. Toda vez que un episodio deportivo se presenta desfavorable; digamos un partido perdido, un campeonato escabullido de las manos, una pérdida de la categoría, siempre se hace indispensable poner la piedra pesada de la recriminación sobre un par de hombros definidos, únicos, con nombre y apellido.


Esto independientemente de que haya justicia o no al hacerlo, y mucho menos de que el análisis sea riguroso y con la frialdad racional y objetiva. Nunca queda impune una desilusión, no se puede tolerar no tener un hombre, un culpable, un responsable.

Es algo así como el epílogo imprescindible de una extensa historia policial. Si miramos atrás en los años veremos que grandes jugadores se han sentado en el banquillo de los acusados, ese lugar tácito que inventa nuestro público, y en el cual, por supuesto, el incriminado no tiene voz ni voto. Él solo está allí puesto por la ira de los disconformes con las vicisitudes lógicas de este deporte llamado fútbol.

Verón en el mundial de Japón y Corea; Ariel Ortega y su cabezazo ominoso al arquero holandés en Francia; Islas en Estados Unidos. Más atrás podemos mencionar, incluso, a una gloria del arco como Amadeo Carrizo, a quien se le cargaron las tintas por el célebre desastre de Suecia.

Cuando Argentina perdió la final del campeonato mundial de 1930 contra los uruguayos, Luís Monti fue el padre espiritual de la derrota. Así lo sintió el pueblo todo, y así también lo sentenciaron muchos periodistas de la época, e incluso, así también lo manifestaron varios protagonistas del partido mismo. “Monti ese día no tendría que haber jugado. Los uruguayos metían y había que poner un poco más que fútbol, usted me entiende. Y Monti no guapeó en ese sentido. No tendría que haber jugado”. Con estas palabras hablaba el propio Francisco Varallo (presente en aquel partido decisivo) en el filme documental Fútbol Argentino.
Ahora descubramos la historia de lo que fue silenciado durante un tiempo largo, y que libera a Luís Monti de su tormento.

El mediocampista campeón con Huracán en 1921; con San Lorenzo en 1923, 1924, y 1927; con la selección argentina en el sudamericano en 1927; y subcampeón olímpico también con su país en 1928, se niega a jugar la final de la copa del mundo. Sí, increíble pero real, el arma primordial del seleccionado argentino habla e implora a los dirigentes no salir a la cancha el 30 de julio de 1930, un día que será frío y gris, en una Montevideo de fiesta.

Su pedido es denegado. En un vestuario tenso, a pasos de él, la mayoría de sus compañeros se miran entre sí y lo observan con gestos de disgusto, no entienden cómo va a jugar alguien que rogó no estar entre los titulares. Tampoco comprenden cómo va a salir a la cancha, por orden del técnico, el joven insider derecho Francisco Varallo, que está lesionado y apenas puede caminar.
En el nuevo estadio Centenario la fiesta era total, ni un alfiler cabía ya, ochenta mil espectadores aguardaban la revancha de la final de los juegos de Ámsterdam 1928. Una final aquella técnica y lujosa. Diez mil de los presentes eran argentinos.

En esa misma tarde que paralizaba ambas costas del Río de la Plata, en la lejana Roma un hombre calvo recibía un “Dossier” con un nombre y una fotografía en su portada. La imagen era la de un muchacho corpulento, de cabello oscuro y rostro malhumorado, el texto decía: Luís Monti. Futbolista argentino. Mediocampista, eje medio. El hombre fundamental del seleccionado de su país, del cual fue y es su mejor jugador. Vive en Buenos Aires. Es una persona de mal carácter, pero se hace respetar siempre. Es un líder nato. Puede ser tentado económicamente porque gana muy poco dinero en el fútbol de su país, pese a ser un ídolo deportivo.

Il Duce miró a los cinco emisario que había mandado a llamar a su oficina, y con uno de sus típicos gestos teatrales dijo “Espero que nuestros hombres hayan hecho un buen trabajo, señores. ¡Y lo espero porque éste es el hombre que nos tiene que hacer ganar el campeonato mundial de fútbol dentro de cuatro años!”.
Luciano Benetti y Marco Scaglia viajaron a Buenos Aires primero y a Montevideo después. Eran supuestos hinchas fanáticos de la selección charrúa. Eran dos agentes fascistas que vinieron a decirle a Luís Monti que debía jugar para Italia, a sugerírselo, a ofrecerle el oro y el moro, y por las dudas, a amenazarlo de muerte, a él o a su madre.

Cuando los dos equipo salieron a la cancha aquella tarde invernal, Benetti , luego de mirar con fijeza al crack albiceleste, le dijo al oído a su compañero de viaje, “Dentro de noventa minutos sabremos si tenemos que matarlo a él o a su madre, u ofrecerle mucho dinero para ir a jugar a Italia”. Así lo recordó Scaglia años luego, en sus Memorias de un agente fascista.

Todos los argentinos creían que había llegado la hora de mostrarle al mundo que eran los mejores. Que la final pasada había sido un error del destino, un traspié propio del juego. Lo que no conocían era que sus jugadores no estaban tan convencidos de ello, ni que en el equipo jugaban un insider que apenas podía caminar, y un centrohalf que no quería que le dieran la pelota. Tampoco sabían que el entrenador había tenido que aceptar las extrañas órdenes de dos dirigentes. “No saque del equipo a Varallo  El es joven y podrá aguantar el partido. Y deje a Monti. Ya se le va a pasar el miedo”. Estos dos dirigentes fueron acusados después de recibir dinero proveniente de la península itálica.

En doce minutos de juego los uruguayos ya ganaban por un gol a cero. Habían salido por todo o nada. Y Benetti y Scaglia sonreían mezclados entre la gente, imaginando la felicidad de Benito Mussolini. Pero inexplicablemente la escuadra oriental retrocedió en el campo y la Argentina marcó un gol, y luego otro más. El silencio era total. Mientras Scaglia miraba impresionado la labor de un tal Stabile en Argentina, Benetti creía inevitable el letal atentado que tendrían que hacer contra Monti o su madre, depende de que decidieran allá en la madre patria.

En un descanso eterno el resultado final del gran choque se descubrió inquebrantable. Aunque iban ganando los jugadores no estaban felices, había algo macabro en ese vestuario, algo siniestro. Se dijo que uno de ellos exclamó: “Mejor que perdamos. Si no, aquí morimos todos.”. Luís Monti estalló en un llanto incontenible. En ese estado se encaminaron al segundo tiempo. Cincuenta minutos después, el árbitro belga John Langenus decretaba que la victoria era de Uruguay.

El único jugador que había puesto real empeño, ignorante del temor oculto de Monti y de muchos otros, recibía atención médica en el vestuario. Varallo gritaba de dolor mientras un doctor trataba de acomodarle la rodilla de su pierna derecha. A pocos pasos Luís Monti se cambiaba en un mutismo total, con una vergüenza y una bronca infinitas. Creía que su historia deportiva había muerto en el césped del estadio Centenario. Cuatro años después sería la gran figura de la escuadra Azurra de Vittorio Pozzo, y un exultante Mussolini festejaría el primer título mundial para Italia.

Piojo

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