En un clima enrarecido, los goles de Bergessio lavaron un poco la imagen de un Ciclón golpeado en lo íntimo.
Ese hit, ofensivo, un momento de expresión en la ensalada de sentimientos, resumió el dolor por la novela, ya sin Ramón en la trama, y sin epílogo a la vista. “Yo quiero al club, quiero a la camiseta, los jugadores, sólo quieren robar”, atronó con buen sonido, acompañado por aplausos a su fin. Hay que decir, también, que enganchado llegó el “San Lorenzo, Sanloré”, confirmando, justamente, el guiso de sensaciones. Porque el clima en el Bajo Flores fue enrarecido, protagonista de la noche de sábado. Se mezcló la voluntad de ganar, y la bronca por el cortocircuito interno que salió a la luz y propició la salida del DT. El regreso de los borrados por el riojano (Orión, Bottinelli, Romeo) y las palabras frescas de Silvera, calificando de “puterío” la situación, reclamando el nombre del “vigilante” que ventiló el encono íntimo para “arrancarle la cabeza”. El toque de Lavandina (Bergessio), con el primer gol, forzando el segundo, bajando la adrenalina con la mediavuelta del tercero, lavó un poco la imagen, impone los puños apretados por sobre el bolonqui. Y genera la gran ovación unipersonal del encuentro, para el dueño del hattrick, que mantiene inmaculado el retrato del milagro en el Monumental.
Hay situaciones, gestos, que señalan la temperatura, confirman la incomodidad del contexto. Los trapos abarcativos, con firma de la Butteler. (“Jugadores $u$ bolsillos llenos, hinchada, ilusión vacía”, el más significativo), el de agradecimiento a Ramón en la Platea Sur; el que apareció y sacaron en contra de Orión en el calentamiento… El portero recibió silbidos cuando fue nombrado por altoparlantes y cuando se arrimó al arco de la popu local. Luego, cosechó quejas en sus errores. Se le notó la tensión. Tan particular fue la noche que Adrián González, invicto ejecutando penales, rebotó el que tuvo en la pierna izquierda de Santillo. Y lo shoteó al medio, cuando la calidad de su pegada siempre busca las puntas. Capitán y referente, uno de los de poca onda con Ramón, no fue hostigado por el fallo: sólo oyó algún murmullo.
Y había que verlo a Romeo cuando fue reemplazado para entender el valor del triunfo. Muy aplaudido (ídolo más allá del culebrón), se golpeó mil veces el corazón, ilustrando su sentir. Ganó San Lorenzo, con los pies aún en el barro. Tres gotitas de Lavandina sirven, al menos, para aclarar las aguas.
ANDRES GOMEZ FRANCO | afranco@ole.com.ar
Fuente: Diario Olé




