“El sueño de Salvador”
Salvador, el botellero de Parque Chas, vive en el barrio desde antes que Ireneo Leguizamo hiciera historia. Fue en aquella época en la cual se empezó a desvelar estudiando los burros; a manipular yeguas en trifectas, imperfectas y exactas. Y fue por aquellos años también cuando tuvo origen su ambición: inaugurar el primer hipódromo callejero del mundo.
Juntó firmas, acudió a clubes hípicos, y hasta se entrevistó con el encargado de la ciudad. Nada logró. Sacando una intensa amistad con otro amante de las carreras de caballos, quien apoyó obnubiladamente su delirio.
Su idea era tan disparatada como sencilla. Emulando lo que año tras año se hacía en Mónaco con la Fórmula Uno, él quería cerrar la calle Berlín al estilo Montecarlo y allí correr el gran derby Parque Chas.
No obstante su desquicio, hay que reconocer que el plan era sustentable. La calle Berlín es un círculo perfecto de seiscientos metros; pudiendo elegir como punto de partida cualquier intersección con total seguridad de volver a ella en su recorrido.
El viejo Salvador malgastó toda su vida tratando de ver el Derby Parque Chas. También dilapidó una buena fortuna ganada a fuerza de dar con el pingo ganador. Perdió su casa, lo dejó su esposa, sus hijos ya no lo tratan, sus amigos lo abandonaron, y rehusó variados empleos dignos. Lo que no le pudieron quitar fue a Berlín, el caballo que bautizó como la calle que pudo ser su hipódromo soñado. Con él surca el barrio juntando botellas y soñándose jockey por los palos.
Piojo









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