“Tres episodios”

“Bienaventurados aquellos hinchas que reciban
en su goleado arco un sexto tanto convertido
por Naohiro Takahara, porque de allí en más solo queda ir mejorando”
-Boca 6, Lanús 1-
23-09-2001


No es exactamente el dolor por la derrota lo que inspira este escrito, ya que se trata de evocar unos encuentros de los cuales, en algunos, me fui contento por la victoria conseguida o al menos sereno por un neutro empate, en otros. Es recopilar desde nuestra, por momentos, frágil memoria algunos goles recibidos por goleadores insospechados, en jugadas inauditas. Efímeros tantos, como en muchos casos la permanencia de sus autores en la cresta de la ola.

Nótese que al hablar de “nuestra” blanda memoria hago partícipe al lector de este viaje por los destellos regresados de tres inverosímiles situaciones de conquista. Esto presupone la existencia de unos crueles designios del destino, que superan el sentimiento de posesión y permanencia de sus testigos, logrando que resulte irrelevante su imparcialidad en el juzgamiento. El gol convertido por Takahara en la goleada sufrida por los hinchas granates indigna y provoca consternación al hincha de Juventud Antoniana, al seguidor de Douglas Haig, e incluso al propio hincha de Boca Juniors. Como simpatizante de Independiente considero que no era necesario que el descoordinado refuerzo nipón decorara un marcador de por sí abultado, y menos si ni siquiera podía hacerlo por el propio peso de su capacidad como goleador (los memoriosos recordarán la generosa sesión de Serna, en la puerta misma del vencido arco).

De eso versa esta trilogía de huidizos recuerdos, es la búsqueda de esos Takaharas que bajo otros alias, pero con la misma injusticia, dejaron su huella en el arco rojo. Hombres que llegaron al reconocimiento (aunque fugaz) por martirizar accidentalmente mi autoestima de hincha.

Una terna de nombres bastará para mostrar todo el hostigamiento soportado, aunque no sirva para lavar el vituperio. Sepa disculparse si algún dato es levemente incorrecto, son imágenes añejas y olvidadas las que aquí se traen de vuelta.

Teofilus Khumalo: el Doctor

Nadie supo nunca, ni siquiera los propios verdolagas, por qué razón este jugador de fútbol llegó portando el apodo de doctor.

A poco de pasada la mitad de la década de los noventa Ferrocarril Oeste le dio una de sus gloriosas casacas verde oscuras a un jugador sudafricano.

De la mitad liberada por Nelson Mandela era representante el futbolista Khumalo. En cuanto a sus aptitudes para el fútbol es una incógnita si representó bien o mal.
Sin ser hincha del tren del oeste recuerdo un paso muy rápido por la primera del club de Caballito. Dos, quizá tres partidos, y ni siquiera puedo asegurar que fuesen jugados en su totalidad por el africano. Tampoco recuerdo si estuvo los noventa minutos de aquella jornada en la que inscribió su ridícula gracia en las páginas del fútbol argentino, cuando luego de recibir un pase en profundidad (voy a simular que fue obra de Mandrini) se escapó a la salida del arquero y casi sin ángulo estampó el uno a cero parcial, a favor de Ferro. Una copia burda del gol imposible de Ernesto Grillo, en la cual la única similitud se posa sobre el carácter de imposible de que ese gol pudiese pasar.
Pasó.

Independiente luego empató el partido y así terminó el encuentro. Cosa que pocas veces sucedía en nuestras visitas a Caballito.

Si el que me cortó la entrada me hubiera dicho que vería un gol de Ferro a Independiente, convertido por un tipo de África del Sur llamado Doctor Khumalo, juro que me hubiera ido al cine a ver cualquier cosa que estuviera en cartel.

Allegue: una burla de Walichu.

Fue un clásico de barrio bien picante, de dientes apretados, no muy bien jugado, y con una inusual cantidad de tiros en los palos. No se perdió pero salimos con el ánimo como si los vecinos de siempre nos hubieran goleado.

Nosotros teníamos un equipo de jerarquía, a la postre el campeón de aquel torneo. Gente aguerrida en el fondo sin llegar a ser los típicos asesinos a sueldo; un mediocampo más creador que recuperador de pelotas, solo se puede hablar de Perico Pérez como el metedor por oficio. Dos delanteros que unían desenfreno y exquisitez: Rambert y el palomo Usuriaga.

Ellos eran los mismos burros de siempre, con el agravante de que ese día tenían a todos sus retacones en la cancha. Poco fútbol en el medio, los desmembrados defensores que ya eran tradicionales (Gustavo, Cosme, Abelardo, el Coco…), y dos delanteros muy faltos de cualidad técnica pero eso sí muy peligrosos. Y entre los once un petiso de piernas escasas llamado Allegue; el cabezón para toda la gente del fútbol.

La Academia arrancó ganando con un gol del Piojo López. Un mano a mano que resolvió dándole con toda la polenta a la pelota, y que ésta luego de dar en el palo derecho de Islas entró con furia en el arco que da a las vías. Delirio racinguista que por aquellos años disfrutaba de nuestra predestinada imposibilidad de ganarles un partido.

Como siempre en todos los años que separaron el metropolitano del 83 y el apertura del 95 Independiente se llevó por delante a su clásico rival. Como muchas veces logró poner el marcador en su favor. Luego del empate puesto por Diego Cagna, llegó la genialidad y toda la generosidad de Daniel Garnero para poner un centro atrás en lugar de rematar al arco. Ocasión aprovechada por Sebastián Rambert para colocar al Rojo arriba por dos a uno.
Todavía recuerdo a Costas agarrando la pelota de adentro del arco y tomándose la cabeza con sus dos manos, en claro signo de pesadumbre.

Y claro, nosotros delirábamos, reíamos, festejábamos lo que ya era casi un hecho: la victoria largamente esperada. Pero apareció otra vez el Wualichu de los antiguos aborígenes y entregó la llave de la felicidad a los vecinos del barrio.

Yo no sé qué tipo de trato habrá hecho alguien con el Señor de las tinieblas; no sé qué habremos conseguido a cambio (la memorable jornada de 1983 puede ser una pista) para tener que dar en forma de pago todos esos años de frustración clásica. Lo que es inexplicable es que la pena que recibimos y que cierra el acuerdo tenga que poseer rasgos de mofa, de burla. Eso no es justo, ni siquiera tratándose del mismísimo Mandinga.

El pacto era claro pero la concreción insoportable. El empate prolongado era el arreglo y se puede aceptar, pero que el autor del gol fuese un tal Allegue es abusivo.

A falta de diez minutos, quizá menos, en un tibio avance sin mucho ímpetu, Racing consiguió la paridad. Un embrollo en la punta, la perdida del balón, un centro sin destino consciente, y el cabezón Allegue saltando al borde del área chica y dándole a la pelota con el techo de su testa prominente. Nuestro arquero a mitad de camino y el cuero blanco que va al fondo del arco, luego de pasarle por arriba de la cabeza al uno.

¡No lo vio! ¡No vio el gol el enano verdugo, patas cortas! Estaba de espaldas y peinó la bocha por hacer algo nomás, porque estaba por ahí, parado justo en ese lugar. Fue gol. Lo que siguió no lo quiero recordar.

Allegue hizo, creo, cuatro o cinco goles en toda su vida profesional. Todos de cabeza fueron. Uno a nosotros y para empatar otro clásico más.

Carlos Moreno: el grande

La vieja Moreno hizo todo de grande: empezó a jugar de grande, debutó de grande, y jugó a lo grande. Pero no a lo grande por algún tipo de ligazón a la grandeza, sino por una actitud de tipo grande, de hombre mayor que juega con los nietos en el picado de la plaza.

Despreocupado, casi como un tutor sin participación relevante. Eso era, el hombre maduro que parecía cuidar al resto del equipo el cual integraba. Si hasta podría imaginarse al técnico de turno diciéndole “Usted es el encargado de estos chicos, sabe. Acompáñelos y no deje que se peleen ni hagan macanas.”. Esto debía decirle chiche Sosa, por ejemplo.
Lo triste es que ese señor adulto y responsable (apático, amargo, y displicente) nos hizo un gol. Fue en el nuevo Gasómetro. Menos mal que ganamos a pesar de ese cachetazo del destino. Gracias a Forlán y su gol sobre la hora.

Lo que todavía me da gracia es escuchar a los agrandadotes de sapos resaltar que la Vieja Moreno era uno de los pocos jugadores del fútbol argentino que no erraba penales. Con eso nos tuvieron a todos soportando al viejo ese largas temporadas, la gente de Lanus lo sabe mejor que nadie. Gracias a Dios un día erró un penal y se desvaneció de todas las canchas de nuestro torneo, y se callaron los que le regalaban elogios. Todavía hay alguno que empieza a hablar bien de Carlos Moreno, y ahí apagó la radio, cambio de canal, o paso a la pagina siguiente.

Sé que Independiente ha recibido muchos más goles que esos tres, y sé que ha habido otros fulanos iguales de impresentables a los cuales les dimos de comer algo de gloria, pero en esta terna se representan todos aquellos mamarrachos que cometieron el desatino de hacer un gol en el arco del Diablo.

This entry was posted on Saturday, May 10th, 2008 and is filed under El laberinto del Piojo. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

2 Responses to ““Tres episodios””

  1. Futbol Argentino Mexicano y espanol » “Tres episodios” on May 10th, 2008 at 3:40 pm

    [...] episodios” May 10, 2008 – 12:37 pm | Pasión por la Redonda Escribio un articulo buenisimo hoyAqui hay un pedazo del articuloTampoco recuerdo si estuvo los [...]

  2. Git your Pelotas on » Blog Archive » ‘pelota’ on the web on May 11th, 2008 at 8:58 pm

    [...] http://www.enlatribuna.com.ar/2008/05/10/tres-episodios/Un mano a mano que resolvió dándole con toda la polenta a la pelota, y que ésta luego de dar en el palo derecho de Islas entró con furia en el arco que da a las vías. Delirio racinguista que por aquellos años disfrutaba de nuestra … [...]

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